La edad de la moda
Por Micaela Arpetti
Cindy Crawford a sus 60s en el desfile de Demna Gvasalia para GUCCI. Anna Wintour y Meryl Streep, ambas de 76 años, en la tapa de Vogue. Impensado hace unos años. La moda históricamente fue construida desde la homogeneidad asociada a la perfección, la novedad y, sobre todo, a ser joven. Pero ¿quién decidió que lo joven es valioso? Durante décadas, el cuerpo joven marcó (y lo sigue haciendo) un ideal dominante, contribuyendo a definir qué es visible, deseable y, en última instancia, relevante. Pero en los últimos años, parece que algo empezó a cambiar… Aparecen otros cuerpos atravesados por el paso del tiempo. Diseñadores como Rick Owens, Demna Gvasalia, Simon Porte Jacquemus, e incluso figuras como Vivienne Westwood, incorporaron mujeres “no jóvenes” dentro de sus universos estéticos, desplazando la idea de que la vigencia pertenece exclusivamente a lo joven.
Además, se evidencia de manera concreta la incorporación de modelos mayores de 40, 50 e incluso 70 años en las últimas temporadas. Firmas como Chanel, Bottega Veneta, Tom Ford, Givenchy o Louis Vuitton han incluido de forma creciente cuerpos con signos visibles del paso del tiempo, desde canas hasta arrugas, rompiendo (al menos en apariencia) con la lógica histórica de la juventud como único estándar de belleza. Incluso figuras consolidadas como Kate Moss o Gillian Anderson regresan a las pasarelas, evidenciando cambios dentro del sistema.
Este corrimiento no es meramente visual. Es cultural e implica desarmar la relación automática entre valor y edad. Nos invita a cuestionar una lógica que durante años invisibilizó todo aquello que no respondía a un único ideal. En este nuevo escenario, la aparición de cuerpos mayores actúa como síntoma de un cambio más profundo en la forma de construir sentido dentro del sistema fashion.
Si desplazamos la mirada hacia la superficie mediática, estas transformaciones también se vuelven visibles en la construcción de imagen. Una portada reciente de Vogue que reúne a Anna Wintour y Meryl Streep, ambas de 76 años, reactualiza imaginarios culturales y los reinscribe en el presente. Al observar detenidamente la imagen, la operación no se agota en la elección de los cuerpos sino que se extiende al sistema de objetos que los rodea. Las figuras no se encuentran en cualquier soporte: están dispuestas sobre sillas de estilo clásico, incluso podríamos decir “antiguas”, asociadas culturalmente a lo viejo, a lo pasado, a aquello que ha perdido vigencia. Esta lectura se complejiza si incorporamos lo que ocurre en segundo plano: aparece otra silla vacía. Estas están intervenidas y particularmente pintadas de color dorado, generando un desplazamiento de su lectura original. El dorado, históricamente vinculado al lujo, al poder y al éxito, reconfigura el signo: lo que podría leerse como obsoleto se vuelve valioso. ¿Será una invitación para aquellas mujeres a tomar posición y ocupar “esa silla”?
En este sentido, la imagen propone una resignificación simbólica: la vejez deja de ser leída como desgaste para convertirse en capital. No es casual que, en paralelo, la industria comience a reconocer el poder económico de estas mujeres. La escena, entonces, puede ser leída como una operación doble: mientras aparenta ampliar el campo de representación, también inscribe a estos cuerpos dentro de una lógica de valorización donde lo “antiguo” sólo adquiere lugar en tanto es re-codificado como lujo.
Sin embargo, sabemos que nada vinculado a la moda es ingenuo. Lo que más le interesa es vender, y en ese sentido ¿se trata de una transformación real o de una nueva estrategia de mercado? ¿La inclusión responde a una convicción o a una ampliación del público consumidor? ¿Se está visibilizando o capitalizando un cuerpo?
La respuesta no es única. Porque dentro del mismo sistema conviven ambas lógicas. Por un lado, marcas que incorporan diversidad como un recurso más dentro de su narrativa comercial. Y por otro, diseñadores que construyen posicionamientos donde el cuerpo no es una tendencia, sino una toma de postura. En figuras como Vivienne Westwood, o en el universo personal de Simon Porte Jacquemus, donde lo íntimo y lo biográfico atraviesan la propuesta, la representación adquiere espesor: y eso es una decisión política.
Este corrimiento, entonces, también exige una mirada crítica sobre quién enuncia, desde dónde y con qué intención. Porque si la moda amplía su campo de representación, también obliga a quienes la producen (y a quienes la consumen) a tomar posición.
Ver cuerpos atravesados por el tiempo es necesario. La edad, en toda su amplitud, evidencia que el valor se transforma. El desafío para los nuevos diseñadores es preguntarse ¿QUÉ LUGAR OCUPAN ESTOS CUERPOS MAYORES HOY?


