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Kanye West: ¿estrategia o demonio?

Por Maria Molina

En el 2019 twiteó que cambiaría su nombre por el de «Genio Cristiano Multimillonario”. Durante su corto romance con Julia Fox le pidió a la prensa que los llamaran “Juliye”, para luego intentar reconciliarse con Kim Kardashian, ex pareja y madre de sus cuatro hijos. Este año un tribunal de California aprobó que se lo conozca legalmente como YE, que significa “tú” en inglés antiguo. Lo cierto es que puede alternar de apodo mil veces, pero, como por si se tratara de una conspiración espontánea, el mundo todavía lo conoce como Kanye West.

 

 

Músico, cantante, productor, empresario, político y diseñador de moda, está considerado como una de las personas más influyentes para el desarrollo del hip hop mainstream y la industria musical del siglo XXI. Siempre se ubica en el ojo de la tormenta: cada vez que lanza un disco o una nueva colección de su marca Yeezy, cuando declara públicamente o aparece rapeando en un video con un chaleco antibalas en República Dominicana para su último disco Donda, que debutó primero en la lista de los 200 mejores álbumes de Billboard.

 

La suya es la clásica historia del underdog devenido en gigante de masas. Pasó de rapear en las calles de Chicago, grabar su primera canción a los 13 años con un micrófono que pendía del techo con un cable para colgar la ropa a convertirse en músico y productor exitoso. Hoy tiene su propia discográfica, GOOD Music y según la revista Time es una de las 100 personas más influyentes del mundo. Para saber más sobre él, rastrearlo en Google es arriesgado. Si hoy intimida a Kim Kardashian advirtiéndole que existe un video íntimo de ella, mañana se arrepiente en público. Basta que firme un contrato millonario con Adidas para después acusar a la marca de plagiar sus propios diseños. Y se desdice. No existe mejor biógrafo de Kanye que el director de cine Coodie Simons, quien se dedicó a grabar su vida durante 20 años. Además, fue el primero en creer en él.

 

Un acceso irrestricto de la cámara de Simons registra dos décadas de vida de West. El documental Jeen-yuhs: A Kanye Trilogy recuerda que hubo un antes de postularse a la presidencia de los Estados Unidos y de subir a las redes un video en el que Pete Davidson, el actual novio de Kim, es un hombre de plastilina que está siendo atacado. Esa historia de Instagram le costó que le prohibieran actuar en los Grammy Awards 2022 por su “comportamiento preocupante”, a pesar de sus cinco nominaciones. El artista confirma en este reality infinito que no es un hombre contradictorio: siempre fue tan creativo como demoledor. Se convirtió en superstar y en villano a la vez. Transforma sus penurias en marketing. Siempre odiado o amado, pero a no ser que él lo decida, jamás pasa desapercibido. Es una usina inagotable de proyectos y lo que hizo por el hip-hop contemporáneo le valió la venta de más de 100 millones de discos, 22 Grammys y que Paul McCartney quiera cantar con él.

 

Un periplo ambiguo es lo que retoma Simons en el documental de tres partes, con 267 horas de material nunca visto y comprado por Netflix en 30 millones de dólares. Todas son escenas insólitas. No solo porque capturan ese talento temprano, sino por el afán de tener la cámara encendida el tiempo suficiente como para registrar tanto su megalomanía como su creatividad. Sus dimensiones son tantas que no se puede hablar un único Ye, sino de varios. Y según él, gracias a que existe su alter ego y “Cristo alteró su ego”, puede conseguir por ejemplo que su álbum 808s & Heartbreak reformule el sonido de la música popular o lograr el crossover del hip-hop en el mundo de las marcas de lujo reorganizando la industria de la moda. Ni ángel ni demonio. O las dos cosas, porque ya lo dijo YE: “Odio ser bipolar, es fantástico”. Celebridades polémicas no faltan. Detrás de cada obra existe una identidad y una historia, algunas muy controvertidas. Y a veces resulta difícil separar esa delgada línea que separa al artista de la persona.

 

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