El arte del movimiento: Lacoste en PFW
Durante décadas, el tenis construyó una fantasía de perfección. Canchas impecables, uniformes blancos y deportistas que parecían inmunes al vivir. Pero, en su desfile de Paris Fashion Week 2027, Lacoste decidió hacer exactamente lo contrario: celebrar aquello que siempre intentamos ocultar.
Bajo la dirección creativa de Pelagia Kolotouros, la marca francesa presentó una de las propuestas más conceptuales y comentadas de la temporada. Una colección que no buscó mostrar el tenis en su momento más elegante, sino que en el instante en que empieza a romperse la ilusión de perfección, existe la verdadera magia.
La premisa comenzó incluso antes de que apareciera la primera modelo. Los invitados recibieron una consigna a la que, en los códigos de la marca, no estamos acostumbrados: evitar el color blanco, el tono más emblemático de la historia del tenis. En su lugar, fueron invitados a interactuar con polvo inspirado en la tierra batida y las superficies de juego, transformando sus propios looks en parte de la experiencia. El mensaje era claro: la moda no tenía que mantenerse intacta.
Esa misma idea recorrió toda la colección.
Kolotouros tomó elementos asociados al esfuerzo físico, como la fricción, el desgaste, la humedad, las marcas que deja el movimiento, y los convirtió en recursos de diseño. Algunas prendas simulaban manchas de transpiración. Otras parecían haber atravesado horas de entrenamiento bajo el sol. Los tejidos mostraban texturas irregulares, superficies alteradas y acabados que evocaban el cuerpo en acción.
En una industria obsesionada con la pulcritud, la directora creativa propuso algo radical, la idea de que la belleza también puede existir en aquello que normalmente intentamos esconder. La decisión tiene sentido dentro de la visión que Kolotouros viene desarrollando desde su llegada a Lacoste. Formada en el universo técnico y deportivo, la diseñadora lleva varias temporadas intentando fusionar rendimiento, innovación y lujo, recuperando el ADN tenístico de la casa desde una mirada contemporánea.
Lo más interesante es que la colección no romantiza la imperfección de manera superficial, pero la utiliza para cuestionar una idea cada vez más presente en la cultura visual contemporánea, como lo es la necesidad de parecer impecables todo el tiempo.
Mientras las redes sociales premian las versiones más editadas de nosotros mismos, Lacoste decidió presentar ropa que parece haber vivido algo. Prendas que cuentan una historia antes de llegar al perchero, acompañadas de siluetas que entienden que el movimiento deja marcas, y sobre todo, que sus consumidores no son muñecos estáticos ni modelos en una pasarela.
Entre los accesorios más comentados aparecieron zapatillas intervenidas con referencias directas a las pelotas de tenis, transformadas casi en esculturas portables. Un gesto lúdico que reforzó el vínculo entre deporte y moda sin caer en la nostalgia fácil.
Así, el verdadero acierto del desfile no estuvo en reinterpretar el tenis. Estuvo en reinterpretar la perfección, ya que, durante años, la moda aspiró a verse nueva. Lacoste propone algo diferente: que las huellas del uso, el esfuerzo y el movimiento también pueden ser aspiracionales.