Andy Warhol: enigma y exhibicionismo
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Andy Warhol: enigma y exhibicionismo

Por María Molina

La vida de los otros está en un abrir y cerrar de smartphone, las declaraciones más reveladoras se hacen vía Twitter, se confiesan tanto un primer ministro como el nuevo rey del trip hop. Dios -o Google- no quieren que nos perdamos nada.

Pero todo eso ya lo inventó Andy Warhol. “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”.

Para contar su vida usó todos los medios y soportes del momento. La obra Cápsula del Tiempo es una colección de objetos personales: 600 cajas con correspondencia, el cenicero de un restaurante de moda, una foto de Elvis Presley y hasta boletos de avión.

“Ella es Sony, mi esposa”, solía decir. Y señalaba su grabador, siempre a mano. Parte de sus libros “Mi filosofía de A a B y de B a A” y “POPism: The Warhol Sixties” se crearon en base a grabaciones telefónicas. “The Andy Warhol Diaries”, el libro de sus memorias es el resultado de un ritual diario que duró 11 años, en el que cada día a las 9 de la mañana llamaba a su asistente Pat Hackett para contarle cómo había ido el día anterior.

 

 

Hoy ese diario casi íntimo es un documental de Netflix dirigido por Andrew Rossi. Está dividido en seis episodios relatados por la voz en off del artista, lograda mediante inteligencia artificial, testimonios de amigos y un archivo que retrata al hombre que cultivó enigma y exhibicionismo en partes iguales. Hackett mecanografió ochocientas páginas.

Nos enteramos de que cuando alguien le caía mal, pintaba sin esmero su boca, que odiaba su propia nariz porque siempre estaba roja y que Diana Vreeland le parecía una de las mujeres más hermosas.

La fuente de inspiración de los Diarios es lo trivial y todo es del mismo tenor. “El lunar de Dolly Parton: ¿hay que dejarlo o quitarlo del retrato?” En el mismo orden de importancia menciona su preocupación por la caída del Sha de Irán, que equivale a una venta perdida: “Los iraníes me dijeron que cuando lo pintara no abusara de la sombra de ojos y el labial”.

Andy tenía una extraña obsesión con el dinero “Pasaron 20 años y siguen con el tema de la sopa Campbell’s. Y por la publicidad que les hice, debí cobrarles un cuarto de millón”. La obra se vendió en 2006 por casi 12 millones de dólares.

A lo largo de los Diarios registra todos sus gastos. El jabón que usaba valía seis dólares y el chaleco antibalas le costó doscientos setenta.

 

El hombre que para mediados de los 60 ya era el artista pop más célebre del planeta, se mostró al mundo impenetrable, con maquillaje, peluca blanca y la piel irregular. Decía que para saber todo sobre él sólo había que fijarse en la superficie de sus cuadros y películas, “No hay nada detrás de eso, preferiría ser un misterio”.

En el documental no faltan confidencias planeadas sobre vida sentimental, también su coqueteo con el ecosistema que lo rodeaba y las fiestas en Studio 54 en donde se encontraba con Issey Miyake, Rob Lowe, Iggy Pop, David Bowie, Debbie Harry, Bianca Jagger, Edie Sedgwick, y por supuesto Basquiat. Ni Zoolander se animó a tanto.

 

Le gustaban las “personas bellas y los eventos distinguidos”. Por eso resulta mucho más misterioso que los agujeros negros su presencia en inauguración de una escalera mecánica en Bergdorf Goodman y la vez que fue al Waldorf Astoria para la fiesta de la muñeca Barbie. Porque no todos los días eran extravagantes como el aspecto del hombre que cambió las reglas del arte contemporáneo. A veces se quedaba en casa y se teñía las cejas, leía reportajes ajenos para robar respuestas ingeniosas o miraba El Show de Lucy por televisión.

 

Andrew Rossi quiere abrir la caja de Pandora, pero justo cuando creés que lo viste todo, todavía hay más. Es como mirar las historias de Instagram de alguien. La serie se esfuerza por persuadirnos de que Warhol nos deja invadir su privacidad. Pero para él: “Las fantasías de la gente son lo que les da problemas y resulta una tensión absoluta la exposición de la intimidad”.

 

Los críticos se preguntaron si sabríamos hoy más sobre su vida, en una cultura inmersa en el confesionalismo y los mitos de la autenticidad. Para él la vida era una ficción y las imágenes un escape, una forma de ser otra persona. Cualquier parecido con la realidad, ¿es pura coincidencia?

 

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