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Ser visto

Por Tiago Suliansky

Fui diagnosticado al nacer con encefalopatía crónica no evolutiva, la lesión cognitiva que constituye la primera causa de disfunción motora. Como resultado, me pase la vida en hospitales, salas de esperas, quirófanos y consultorios. También, expuesto a un rótulo que nunca pedí y que sin embargo todxs me impusieron. Cuando sos “diferente”, es como si eso fuese todo lo que podes ser y lo que todxs van a ver en vos. Yo nunca fui una persona, fui una persona con andador, con prótesis, con bastón, con yesos.  Y yo solo quise ser una persona, así que me pasé la vida tratando de hacerme invisible, de ocupar menos espacio, de ocultar todo aquello que me distanciaba de lxs demás.

Tenía 15 años la primera vez que decidí ponerme shorts.   Antes, la idea de revelar esa parte de mi parecía abrumadora. De alguna manera, al no mostrar las piernas, era como sí no estuvieran ahí, como sí solo cobraran relevancia a partir de la mirada ajena. Y yo no aguantaba ser visto, no lo merecía.  Ese es el poder de la representación. Se dice que “sí lo podes ver, podes ser”, y creo que esa frase aplica, más que en ningún otro lado, en la moda.

El lugar de la moda, así como el de todas las imágenes que nos rodean, debería ser el de funcionar como vehículo para el cambio. El poder de transformación que conllevan, la manera en la que pueden moldear las percepciones de una sociedad, puede cambiar el mundo. Aunque sea un poquito, que es un montón.

Hace unos meses hice el ejercicio consciente de exponerme, de dislocar mi mirada. La gente, de por sí y adonde vaya, me mira. Así que pensé: ¿por qué no darles una razón legítima para que lo hagan? Reconocerme en la representación, en mi caso, implica una práctica de apropiación, un “inscribirse” en aquello en donde no estoy. Con suerte, muchas personas más que tampoco se sienten representadas puedan verse, y en el proceso, ayudarme a verlo por mi cuenta.

Tal vez siempre voy a resentir haber nacido así, pero por lo menos ya no es lo primero que se me viene a la cabeza cuando me despierto. El: “¿por qué a mí?” ya no es constante. Quizás el porqué es éste. Es ser la representación que nunca tuve. Si alguna vez siento que todo esto me sobrepasa, me recuerdo a mí mismo que esto no es por mí, que es mucho más grande que mi persona. Y, de esa manera, no puedo no hacerlo.

El proyecto de mi vida es intentar ser visto(s).

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