¿Llegó la muerte del under?
Por Abril Troelsen.
En 2026, esa separación parece cada vez más difícil de sostener. Las plataformas digitales han transformado por completo la velocidad con la que circulan las imágenes, las ideas y las tendencias. Lo que antes requería años de desarrollo dentro de una comunidad específica hoy puede ser detectado por el algoritmo, amplificado y distribuido globalmente en cuestión de días. La cultura contemporánea no solo consume novedades: está diseñada para perseguirlas de manera permanente.

El fenómeno Brat Summer es un ejemplo claro de esta lógica. Lo que comenzó como una propuesta estética vinculada al universo creativo de Charli XCX y a una comunidad específica de seguidores rápidamente trascendió la música para convertirse en un lenguaje visual global, adoptado por marcas, celebridades, medios y millones de usuarios en redes sociales. En cuestión de meses, una identidad cultural que parecía particular pasó a formar parte de la conversación masiva, demostrando cómo las plataformas son capaces de acelerar el recorrido entre nicho y mainstream hasta volverlo casi instantáneo.

Promoción del álbum Brat, Times Square 2024.
La consecuencia es que el descubrimiento dejó de ser un proceso gradual para convertirse en una carrera constante. Una película independiente puede convertirse en un fenómeno global antes de completar su recorrido por festivales. Un videoclip experimental puede ser desarmado en cientos de clips y referencias apenas horas después de su estreno. Una publicación de nicho puede transformarse en referencia estética para miles de usuarios que jamás leyeron un artículo completo. Incluso las escenas más pequeñas parecen existir bajo la sospecha permanente de que alguien las convertirá en contenido viral. Esto plantea una pregunta incómoda: si todo puede ser descubierto instantáneamente, ¿qué significa ser underground?
Quizás el underground no desapareció, sino que cambió de forma. Durante años estuvo asociado a la invisibilidad, a permanecer fuera del radar. Pero en una cultura donde cualquier propuesta puede alcanzar una audiencia global en cuestión de horas, lo verdaderamente difícil ya no es ser descubierto, sino conservar una identidad propia una vez que eso ocurre. Los algoritmos no solo hacen visibles las escenas culturales: también las transforman. Cuando una estética, una subcultura o un lenguaje visual se vuelve tendencia, suele perder parte del contexto y los códigos que le dieron origen. La absorción ya no ocurre años después de que surge un movimiento, sino casi al mismo tiempo que nace. Y para neutralizar lo underground, el sistema ya no necesita destruirlo: le alcanza con volverlo reconocible, replicable y consumible.
El cine, los videoclips y hasta las revistas de nicho quedaron atrapados en la misma lógica: ya no compiten únicamente por la atención del público, sino por su capacidad de generar fragmentos virales. Una escena de película, un plano de un videoclip o una editorial de moda pueden circular por redes mucho más que la obra completa que les dio origen. Lo que antes necesitaba tiempo para consolidarse dentro de una comunidad hoy es detectado, replicado y reciclado casi instantáneamente, acelerando el paso de fenómeno cultural a tendencia pasajera.

Trend maximalista.
Por eso, quizás la pregunta ya no sea si el underground sigue existiendo, sino cuánto tiempo puede permanecer siéndolo. La velocidad con la que circula la cultura hace que muchas escenas, estéticas o movimientos sean absorbidos casi al mismo tiempo que aparecen. Lo que antes podía desarrollarse durante años dentro de una comunidad hoy puede convertirse en tendencia global en cuestión de semanas, acortando cada vez más la distancia entre descubrimiento, apropiación y agotamiento.
Sin embargo, sería un error afirmar que lo underground desapareció. Siguen existiendo espacios de experimentación, comunidades de nicho y proyectos que buscan escapar de las lógicas dominantes. La diferencia es que ya no operan necesariamente desde la invisibilidad, sino desde una tensión constante con la visibilidad.
En 2026, lo verdaderamente contracultural quizás no sea crear algo nuevo, sino lograr que una idea tenga el tiempo suficiente para desarrollarse antes de ser capturada por el algoritmo y transformada en una tendencia más.