DMAG | tête à tête: Javier Daulte
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tête à tête: Javier Daulte

 

Charla íntima con un guionista, dramaturgo, director teatral; en suma, un estudioso de los sentimientos que estrena obra y suma elogios a nivel mundial. 

 

Text  Marcela Soberano    /    Photography  Santiago Montaldo

 

Viajás a Barcelona para reestrenar 4D Óptico con los mismos actores de hace quince años. En su momento fue la primera obra bilingüe catalán – castellano.  ¿Como es dirigir en otra lengua?

En la Barcelona real, en las calles, el bilingüismo es permanente. Catalán y castellano conviven e interactúan, pero en los teatros eso nunca pasaba. Una novedad que se me permitió por ser extranjero. Fue mi primera experiencia dirigiendo en catalán y como no lo entendía tanto, aprendí algo fabuloso. Sin estar sometido a la tiranía de la palabra, mi ojo estaba muy puesto en ver qué les pasaba a los actores con la  escena. Fui directo  a la esencia. Ahora cuando ensayo trato de ponerme una especie de inhibidor del audio, para ver qué ocurre más allá de lo que estén diciendo. Luego hay todo un trabajo muy importante con la palabra, pero es fundamental no estar pendiente sólo de eso.

Hablando de reponer una obra  con el mismo elenco tantos años después, se me ocurre que uno de los ejes  de tus obras es el tema del tiempo. Hablemos de eso.

Me lo decís y lo acepto, pero nunca hubiera dicho que lo que se repite en mis obras es la cuestión del tiempo. La primera vez que pensé en lo temporal  fue cuando escribí Nunca Estuviste Tan Adorable. Entonces dije a los actores: “Acá todos los personajes se llevan bien pero el único antagonista es el paso del tiempo. En ciertas obras me gusta mucho cuando ocurre esa elipsis temporal, que en el teatro no es tan  habitual; salvo en casos como La Gaviota de Antón Chéjov, cuyo último acto transcurre un año más tarde y es la vuelta de Nina después de aquel período que la desvastó. En Siniestra también hay un juego temporal, una evolución interesante de los personajes que muestra quiénes eran y en qué se convierten.  Valeria Radioactiva transcurre durante un período de siete meses. Pero también hay otros juegos que me interesan, como el de los mundos paralelos. Esa simultaneidad de universos. En 4D Óptico me había planteado: ¿Es posible ver dos obras de teatro al mismo tiempo? Y en ¿Estás Ahí? también hay una pausa temporal. Ahora que me lo decís tenés razón, ¡reconozco lo del tiempo! Lo interesante en el teatro es que para el  espectador pasaron diez minutos y para los protagonistas, meses o años. Es una disección del comportamiento humano en vivo. Para los personajes de Siniestra, reencontrarse con ellos mismos cinco años antes genera un efecto ficcional perturbador. Nos invita a pensar en nuestra conducta, lo que somos, lo que olvidamos o lo que no queremos recordar. En Nunca Estuviste tan Adorable, por ejemplo, los personajes niegan haber vivido cosas que uno como espectador sabe que han sucedido.

 

 

Justamente, Nunca Estuviste Tan Adorable se adaptó para el cine con dirección de Mausi Martínez. ¿El cine y el teatro mantienen un amor imposible? ¿O una obra puede convertirse en película y salir airosa?

El tema es que el cine es deudor de la novela, de la narrativa; no del teatro. El paso exitoso del teatro al cine depende del texto, porque el teatro contemporáneo tiende a transcurrir con personajes encerrados en un único espacio  y muchas veces, cuando pasa a la pantalla, es difícil darle la apertura requerida. Se convierte en teatro filmado, como pasó con Agosto y tantas otras películas que salen de una obra teatral. En cambio si adaptamos Shakespeare, el teatro no tiene nada que envidiarle al cine. Hay batallas, campos abiertos, exteriores; casi pareciera que a las obras de Shakespeare les queda mejor el cine que el teatro. En el caso de las mías, yo siempre advierto que la gracia que tienen en teatro puede perderse muy fácilmente en el cine. ¿Qué tiene de novedoso ver un fantasma en la pantalla grande? En cambio sobre el escenario, convivir con un fantasma, hacer un viaje en el tiempo o vivir una realidad alternativa tienen otro encanto. Esos juegos fantásticos a los que suelo apelar se encuentran mucho en el teatro clásico, con sus seres fabulosos o las pócimas mágicas de Sueño de Una Noche de Verano.

En tu nueva obra, Valeria Radioactiva, hay una pócima de la inmortalidad y la dramaturgia trasciende el paso del tiempo. ¿La creación es el gran tema del teatro?

Yo creo que la ficción es el gran tema. Ese es el único lugar donde ocurren cosas importantes, sorprendentes. En la realidad no ocurre nada relevante. El encuadre terapéutico en el análisis, el amor, las teorías científicas, las construcciones políticas; todas esas cosas son ficciones. Nuestro mundo se mueve gracias a grandes invenciones. Valeria (interpretada por María Onetto) lo dice en un momento: “Yo inventé mundos donde poder amarte”. Ese recorte que hace el creador cuando elige cómo y de qué hablar está inventando una realidad. Por eso Valeria también afirma “La realidad es tan indiferente a nuestra existencia; en cambio la imaginación es radioactiva”. A la imaginación,  a la ficción, le importamos. En cambio a la realidad, no. Nosotros lloramos y nos conmovemos cuando vemos en una película a un niño que se muere de hambre pero salimos a la calle, vemos a un chico real que sufre lo mismo y seguimos de largo. Mi obsesión, lo que le da sentido a todo, es mi permanente preocupación por contar una historia que dispare alguna sensibilidad. ¿Cómo algo que no existe puede ser consistente? Me parece una maravilla que sólo el ser humano puede hacer.

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