DMAG | Paco Rabanne: l’Alchimiste de la mode
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Paco Rabanne: l’Alchimiste de la mode

En el año cuarenta mil, Jane Fonda se llama Barbarella. Una máquina amenaza con matarla a orgasmos. El artefacto se rompe. La humanidad ante toda tecnología. Body de metal y plástico verde. Una Gran Tirana conocida como Anita Pallenberg. Un ángel salvador que no hace el amor, sino que es amor.

Body de Paco Rabanne. Un ángel salvador capaz de trasladar la fuerza de la liberación sexual y la carrera espacial a la moda. La Space Age de los 60, testigo de cómo los cuerpos se transformaban a base de experimentación. La visión de Rabanne, pilar de un nuevo concepto. Con la juventud como disparador, solo importaba lo nuevo, lo inmediato, lo accesible, lo volador. Atrás habían quedado los té-desfiles de alta costura con clientas y editoras paquetas. Rabanne usaba galerías de arte como Iris Clert para mostrar sus creaciones, validándolas como obras y atrayendo nuevos ídolos culturales. Youthquake. Socialités transformadas en artistas y viceversa. ¿Quiénes? Todxs.

“Toda creación debe shockear”, decía un innovador que abrió camino a las impresoras 3D contemporáneas. Paco Rabanne sabía de hilos y agujas, pero decidió no usarlos. En su lugar prefirió métodos y recursos inexplorados, que reflejaran la incertidumbre y esperanza de su época; así como la desilusión ante un sistema que no le cerraba. Plástico. Aluminio. Futurismo. Lo clásico representaba esclavitud femenina y para Rabanne, la mujer era una superheroína. Barbarella.

 

 

Treinta años antes de semejante explosión, Francisco Rabaneda y Cuervo nacía en San Sebastián. Guerra Civil. Migración a Francia en plena adolescencia. De chico había atestiguado la labor de su madre, costurera de Cristóbal Balenciaga. Al momento de optar por una formación, se inclinó hacia la arquitectura en la École Nationale des Beaux Arts de Paris mientras fabricaba accesorios y avíos para eminencias como Elsa Schiaparelli, Nina Ricci y Hubert de Givenchy. Sus ilustraciones llamaron la atención de Dior y Charles Jourdan. El primer medio donde se publicaron fue Women’s Wear Daily, bajo la firma de Franck Rabanne. La sumatoria de letras daba trece, su número de la suerte. Y así se hizo llamar hasta 1965, después de haber ganado un premio en la Biennale de Paris por una escultura exhibida en el Musée d’art Moderne de la Ville.

El debut de Paco Rabanne propiamente dicho, fue una línea de accesorios geométricos en plástico, vinilo y tonos fosforescentes. Círculos. Cuadrados. Naranjas. Piezas maleables e imponentes para usar ya, desechar mañana. Manifiesto. La siguiente colección se llamó Doce Vestidos Inusables en Materiales Contemporéanos. Y sí, tenía vestidos. Y sí, revolucionó. En el Hotel George V empezaba la era de los shows off-boutique; de la música de fondo; del plástico y el metal como géneros; del pegamento y el ensamble como técnicas de costura; del cuerpo descubierto. Singularidad por encima de todo. Junto con sus piezas, el diseñador ofrecía kits de customización con discos y argollas metálicas.

Cuando abrió su primera tienda, ya había cruzado varios límites. ¿Límites? Sobre la rue Bergère de París creó un verdadero portal. Paredes y alfombras negras; muebles de plástico; andamios de acero. Si en sus desfiles tempranos los vestidos convivían con obras de Lucio Fontana, la boutique reforzó el concepto. Y explotó. Treinta mil metros de plástico al mes. Cadenas. Cuero. Aluminio. Piel. Geometría. La mecenas Peggy Guggenheim fue una de sus primeras clientas. Para fines de esa década Jane Birkin, Brigitte Bardot y la estrella del yé-yé, Françoise Hardy, formaban parte del montón.

Retratado como mesías galáctico, Rabanne se codeaba con Salvador Dalí. Y era tomado de punto por Coco Chanel, que menospreciaba su talento. “El metalúrgico”, le decía. Métal justamente se llamó el primer perfume del artista, y se lo dedicó a fans de los accesorios metálicos. Año 1979. La revolución parecía haber quedado atrás, abriendo paso a la epidemia yuppie.

Espiritualidad. Vidas pasadas. Profecías. Rabanne se ganó el sobrenombre Wacko Paco por contar sus visiones y flashes, inmortalizados en libros como Trayectoria de una vida a la otra y El fin de los tiempos.

Fin de un milenio, fin de una vida como diseñador. Paco separó su legado de su ser. Lo sucedieron Rosemary Rodríguez, Patrick Robinson, Manish Arora y Lydia Maurer, antes de Julien Dossena. Y mientras Rabanne persona pinta y diseña mobiliario, su legado como modisto revolucionario queda en manos de un joven nacido en plena epidemia.

 

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