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KOSTÜME: Universo en constante evolución

Pareja en vida y obra. Camila Milessi y Emiliano Blanco llevan más de quince años al frente de su marca.

 

 

Txt Matías Tortello  /  Photography  Maxi Guterman

 

 

¿Cómo eran Camila y Emiliano antes de Kostüme?

 

— C. De chica sabía que iba a tener una marca propia. Cuando empecé diseño tenía esa idea en la cabeza. Siempre que trabajé para otros, lo tomé como si trabajara para mí. Me hacía feliz diseñar algo que se vendiera, aunque ganara lo mismo. En una de las marcas donde trabajé lo contrataron a Emiliano. Ahí nos conocimos y empezamos a pensar en armar algo juntos.

— E. De chico me gustaba la cuestión estética. Mi mamá tuvo locales de ropa y mi tío, una marca. Empecé trabajando para él y aprendí la parte más técnica, moldería y producción. Nunca pensé en una marca propia, pero cuando conocí a Cami no tuve dudas.

 

¿Por qué hubo onda?

 

— C. Nos flipaban las mismas cosas. Compartíamos lo que nos gustaba (Morrisey, David Bowie, Joy Division) y lo que no, también. En esa época se imponían modas muy marcadas y nosotros siempre queríamos lo otro.

— E. En el trabajo nos pedían que copiára- mos cosas de afuera. Esa lucha más la crisis de 2001 nos hizo decir: “Queremos hacer lo que tengamos ganas”. El diseño de autor nace de la falta de motivación y la inseguridad económica.

 

 

¿Cuál fue la primera prenda que hicieron?

 

— E. En mi trabajo tenían muchos jeans que no se habían vendido, entonces los cortaron y los hicieron shorts. Sobraban pilas y pilas de piernas. Un día las desarmé y armé una falda portafolio. Como me sacaron cagando, me llevé las piernas y más adelante lanzamos la falda como nuestra. Fue la primera prenda que salió en la prensa. Tenía una cinta naranja adentro, como todas las piezas de la primera colección.

 

 

¿Cómo fue esa ópera prima?

 

— C. Punk. Habíamos visto una muestra de Lucio Fontana y nos pareció paradigmático que el tipo explicara que, en un momento muy feo de la Argentina, cortaba la obra para que la gente pudiera escaparse. Nosotros queríamos escaparnos de esa presión de hacer lo que se usa y bajar costos. Como veníamos de marcas grandes, hicimos una colección gigante con cuero, sweaters, zapatos, pero no teníamos clientes. En Palermo habían cinco locales de ropa, después eran todos talleres mecánicos y verdulerías. Pasaba el verdulero y se te quedaba mirando. Igual tuvimos mucha prensa, porque en ese momento de crisis las marcas no hacían nada.

— E. Ahí abrió BAF y se armó un mundillo donde podían mostrarse cosas distintas. Hubo un quiebre generacional que todas las crisis fuertes generan.

— C. En la quiebra algunos se ahogan y otros brotan. Mucha gente dejó de hacer ropa y aparecimos nosotros.

 

 

¿Cómo se las ingenian para mantener su identidad y seguir evolucionando?

 

— E. Tenés que ir rompiendo tus preconceptos porque si no, te quedás en lo mismo. Y después eso ya no es novedad para el consumidor. La clave está en sorprender a tu cliente, darle algo nuevo, pero sin marearlo tampoco.

— C. Para nuestro primer desfile de BAF habíamos hecho algo muy marciano. Y la siguiente colección fue una mezcla de gótico con expresionismo alemán. La gente no entendía nada desde el principio y el que llegó a entender lo primero, no podía comprar lo otro porque no era la misma marca. Literal. Ahí empezamos a trabajar sobre una misma raíz.

 

 

¿Qué opinan de la moda hoy, tanto desde lo comercial como desde lo social?

 

— C. Hay más ropa que clientes. Todo va muy rápido y ahora además del fast fashion, hay una propuesta “pseudo de autor” que se sube literalmente a lo que ponés en Instagram. Publicás tu desfile y después, tus prendas son iguales a las de una marca chilena. Hablo de pibitos nuevos, que tendrían que estar haciendo cosas más nuevas que las nuestras.

— E. Hay poco tiempo para profundizar. Venimos de una época en que lo moderno tenía que ver con cierta cosa críptica que había que descubrir. Hoy todo tiene que ser literal y entendible. Si yo tiro un proceso de complejidad que implica frenar para entenderlo, me juega en contra. Estamos muy contaminados por la velocidad de la información y las cosas.

 

 

¿Cómo es su dinámica para compartir tanto en lo personal y lo laboral sin agarrarse de los pelos?

 

— E. Ir para el mismo lado.
— C. Tener en cuenta la sensibilidad del otro.

 

 

Si nos metiéramos en una nave en dirección al planeta Kostüme, ¿qué esperaríamos encontrar?

 

— C. Antes de ser diseñadores, somos fans. No me imagino un planeta hecho por nosotros, sino uno acorde a nuestros gustos. Siempre fuimos raros y cuando estás en un lugar que te gusta de verdad, no te sentís así. Me imagino cosas de la Bauhaus, la Ülm, el expresionismo alemán. Y en los ascensores, en vez de musiquitas de mierda, estaría Lou Reed recitando algo.

 

 

¿Qué admiran en un artista?

 

— E. Que tome riesgos posta. Quizá no lo entendés y te parece una porquería; pero prefiero alguien que arriesga y se equivoca antes que alguien que se mueve sobre lo seguro. Bowie saltaba de un disco al otro y era otro.

— C. Más que el virtuosismo, valoramos el pensamiento y la estrategia de un artista. Lo que está queriendo decir. Hay músicos que no te transmiten nada o hacen algo que tiene muchos likes. Y es confuso porque eso lo valida, pero es una porquería. No te digo que sea injusto, pero me extraña que se valoren bizarreadas solo porque la gente las mira. Alguien se mete un pepino en el ojo y ¿Cuánto valor tiene? ¿Cuántos likes?.

 

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