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¿Cómo ser sostenibles cuando el núcleo de la moda es el cambio?

Ensayo por Bár Midley 

 

La industria de la moda, vigente desde hace más de ciento cincuenta años, sigue rediseñándose a sí misma. Y dado que el cambio es su elemento constitutivo, es de esperar que nunca halle un modelo definitivo.

Si su aparición en el siglo XIV estuvo ligada a satisfacer las necesidades de la nobleza, no fue hasta el inicio de la sociedad industrial, a mediados del siglo XIX, que la constante y periódica variación del vestido – solventada en los códigos de competencia y distinción -, se organizó y erigió sobre la figura de la burguesía: un nuevo actor social en ascenso, que desplazó el privilegio de sangre y lo reemplazó por el del dinero.

En el marco de un incipiente capitalismo y los avances tecnológicos, el sistema de la moda se consolidó en ciclos regulares basados en temporadas (primavera/verano y otoño/invierno) y géneros (femenino/masculino). Sin dudas, el surgimiento del modisto como un “creador” que ofrece propuestas de estilo, fue clave en el desarrollo tanto de la alta costura, como de su par simplificado y complementario: la confección seriada.

 

Saint Laurent junto a la bailarina Tessa Beaumont en una prueba de vestuario  (1959) Boris Lipnitzki—Roger Viollet/Getty Images

 

Durante todo el siglo XX, la lógica del “modelo-serie”, afianzada mediante el ready to wear norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, alcanzó mayor dimensión con la difusión de la cultura de masas. La fotografía, el star system cinematográfico y los massmedia, fueron canales estelares que le permitieron a las clases medias y trabajadoras fantasear con y acceder a los estilos de vida de las clases altas. Sin embargo, a partir de 1970, el naciente segmento juvenil erosionó las exigencias lanzadas desde Londres y París (los centros productores de tendencias), al impulsar la creación de múltiples estilos, que buscaban expresar su propia identidad e ideología. Así vieron la luz las primeras tribus urbanas.

Desde la década del ochenta en adelante, el proceso económico, tecnológico, político y sociocultural que supuso la globalización; junto con la revolución de internet y la apertura de China al mercado mundial, fueron los factores que impulsaron el consumo desenfrenado. Motor y alimento para el comportamiento de la moda, presente hasta nuestros días.

 

Tienda H&M 

 

UN MODELO PARA EL SIMULACRO

A inicios de los ‘90, las marcas dieron un vuelco radical. Influenciadas por las ventajas de un mundo híper conectado, lo que hasta ese entonces se elaboraba localmente, se trasladó a diferentes países en vías de desarrollo. Así surge el fast fashion, un modelo productivo que pondera la construcción de intangibles aspiracionales mediante el branding, en detrimento de la desregulación de la manufactura.

“Evidentemente la consolidación del modelo fast fashion no es ajena a la consolidación de la globalización y a la nueva dinámica comunicacional propia de las redes sociales. La velocidad simula la democratización, el acceso al cambio permanente, mientras que para ello instaura un sistema productivo sin recaudos”, explica Turquesa Topper, directora de la Lic. en Diseño y Gestión de Estéticas para la Moda (UADE). La “moda rápida” es el espejo ficticio de la movilidad social, donde la elección subjetiva se refleja en la democratización del gusto. Un espacio donde se borran ilusoriamente las barreras de clases y se activa el goce de los deseos individuales. También, es la zona más oscura de la industria.

 

© Tim Mitchell

 

Dana Thomas, explica en su libro “Fashionpolis: el precio de la moda rápida y el futuro de la ropa”, lo que se denomina como “Quick Response”, un modelo de negocios que especula con las ventas. Veamos un ejemplo. Supongamos que se pone a la venta una cantidad limitada de un vestido. Si el diseño se vende bien, enseguida se activa una “respuesta rápida” y se ordena producir más. Claro, el dato que falta es el del precio, que es irracionalmente barato. Según la periodista norteamericana, esta dinámica que estimula la renovación constante de prendas y exacerba el consumo desalmado, se basa en la llamada “economía de escala”. Esto significa que a marcas como Zara, H&M o Forever21, les resulta más económico producir 100 vestidos, que 60. Aún sabiendo que los 40 restantes no se venderán y terminarán incinerados o tirados en un basurero, contaminando el medioambiente.

 

© Tim Mitchell

 

“Lo barato sale caro”, dice el dicho popular. Y nunca mejor aplicado al fast fashion. Dado que la etiqueta esconde condiciones laborales basadas en la esclavitud moderna, el agotamiento de los recursos naturales y la destrucción irreversible del medioambiente, aquello naturalizado como barato, no existe. Basta recordar la tragedia de Rana Plaza, la fábrica en Bangladesh que colapsó en 2013, provocando la muerte de más de 1300 personas, mientras otras miles resultaron heridas. Claro que no fue ni el primero ni el último caso, pero sí el que mayor impacto social tuvo, porque producía ropa para las marcas más reconocidas de la industria.

 

Rana Plaza,  Bangladesh

 

 

Todo este esquema demuestra cómo por primera vez en la historia se consume ropa como un bien descartable. “El cambio es una condición constitutiva de la moda; ahora cuando el cambio además de activar la relación modelo-réplica, activa el vínculo desde la sintonía productiva, el consumo adquiere la dimensión de conducta y práctica reprochable”, sintetiza Topper.

 

LA VERDADERA REVOLUCIÓN SOSTENIBLE

Sostenibilidad es una de esas palabras que pierde valor en su uso indiscriminado. Sin embargo, resulta ser el propósito del futuro cercano, por eso debemos entender muy bien qué significa.

La principal característica de la sostenibilidad es garantizar las necesidades del presente sin comprometer el futuro, pensando en tres puntos: la protección de las personas, el cuidado del medioambiente y el crecimiento económico; todo ello en equilibrio”, describe Paola Cirelli, diseñadora de indumentaria (UBA), Mágister en Branding por Pompeu Fabra-Elisava (Barcelona). Y señala: Y si pensamos más concretamente: personas. Porque tanto en el cuidado medioambiental como en el crecimiento económico, hay personas”.

 

Planta de reciclaje textil en Inglaterra  © Tim Mitchell

 

Según Paola, si bien este paradigma no es nuevo, hubieron dos hechos que fomentaron su visualización, y marcaron un antes y un después para la industria: la catástrofe de Rana Plaza y el COVID-19.  La diseñadora argentina Lucía Chain coincide con este último: “Antes yo priorizaba muchísimo cómo nuestros procesos productivos podían afectar negativa o positivamente al medioambiente. Pero a partir de la pandemia, me di cuenta que lo fundamental antes del medioambiente es lo social. No hay manera de que un proyecto sea sostenible sin pensar en las personas con las que trabajas”.

Entonces, ¿dónde comienza la verdadera revolución sostenible? “La verdadera reformulación comienza entendiendo al diseño como pensamiento estratégico, que tiene la capacidad de incidir en nuestras vidas a través de prácticas sociales, y a través de revisar nuestra relación con objetos y productos”, afirma Turquesa, quien se doctoró en Ciencias Sociales con una tesis en Moda (UBA).

Crear productos con una perspectiva de economía circular, valorando y revitalizando las identidades regionales, contemplando la reducción de la huella carbono y la utilización de fibras que no impacten negativamente en los ecosistemas vitales, parecen ser los objetivos de la moda sostenible. Para Lucía, quien desde 2017 gestiona CHAIN, su firma de indumentaria consciente basada en la lógica zero waste & slow production, “el objetivo es poner el foco en economizar los recursos y optimizar o rediseñar los procesos de producción. Pensar de qué manera tu producto va a brindar un bienestar al consumidor. Incluso rediseñar un oficio o generar un trabajo que no existía”. Y enfatiza: “ese es nuestro poder como diseñadores”.

 

Chain

 

Si la génesis de la transformación está en el diseño y su estrategia de producción, ¿cuáles son los desafíos que marcas y diseñadores tendrán de ahora en más? “El mayor desafío es pensar en las personas y no sólo en lograr rentabilidad. El otro desafío es actualizarse y educarse respecto a la sostenibilidad. Falta información en las marcas. Se debe contratar más diseñadores con perfil sostenible para que desde el diseño se proyecte ese cambio. Desde las fibras que elijo, tejidos con certificados, talleres legales, producción local certificada. Trazabilidad, es decir, transparencia en todo su proceso productivo”, explica Paola Cirelli, quien desde su estudio Design Thinking, lleva catorce años desarrollando marcas de moda sostenible.

 

Marques Almeida

 

MODA LENTA: UN DESAFÍO PARA CORAJUDOS

En un contexto en el que los valores éticos y los valores de consumo compiten entre sí, es pertinente distinguir, en un mismo individuo, el rol de ciudadano y el de consumidor. Porque no necesariamente lo que las personas dicen que desean de una marca, luego se corresponde con sus acciones de compra. Y aún coincidiendo, resulta insuficiente cuando la meta es reformular la industria.

Sobre esto profundiza célebremente Elizabeth L. Cline en su artículo “El ocaso del consumidor ético”, publicado en Atmos, una novedosa revista que aborda la intersección entre cultura y cambio climático. Según la periodista y activista por los derechos de los trabajadores textiles, el problema es creer que con actos individuales se puede lograr una transformación masiva. Porque el consumo consciente, dice, es sólo para unos pocos: aquellos que tienen el capital cultural y económico que les permita alcanzarlo. En contraposición, propone pensar y actuar desde un enfoque político, informarnos e involucrarnos, unirnos para exigir las regulaciones necesarias que erradiquen las desigualdades e injusticas actuales. En otras palabras, volvernos activistas para que los logros alcanzados beneficien a todos por igual. “Cuando obligamos a las empresas y a los gobiernos a cambiar, ese cambio está disponible para todos, en lugar de solo para los consumidores que conocen o pueden permitirse productos éticos”, afirma en la nota.

Un gran ejemplo de cómo pensar y trabajar en conjunto genera resultados positivos, es el movimiento #PAYUP. Cuando en plena pandemia gigantes como Nike, GAP y Levi’s se negaron a pagar a los fabricantes aquellos pedidos que ya habían sido encargados, cuando cancelaron otros y cambiaron o retrasaron los términos de pago; una coalición de periodistas, ONGs, trabajadores y consumidores se unieron para reclamar que cumplan con el pago. Lo que empezó como una denuncia en redes sociales a través del hashtag #payup, terminó en la creación de una organización sin fines de lucro, que logró la restitución de $20 mil millones, la mitad de la suma adeudada.

Queda claro, entonces, que la regulación es el indiscutible terreno de debate donde consumidores y ciudadanos, marcas y fabricantes, gobiernos e instituciones, deben encontrarse.

 

Marques Almeida

 

El futuro de la moda es enamorarse fuerte de proyectos auténticos que trasciendan la materia. Transformar a las prendas en terreno de relato donde construir la propia identidad. Y a su vez, es trascender la dimensión privada y convertir a las acciones individuales, en conquistas colectivas. En definitiva, se trata de alentar a las generaciones vendieras a actuar en pos de un porvenir provechoso; y de recordarles que sí hay futuro, y es hermoso.

 

 

 

 

 

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